Con
vivas a los desaparecidos políticos, Rosario Ibarra
da el Grito de los libres
Miles
de personas optan por abandonar el Zócalo para no escuchar
a Felipe Calderón
Jaime
Avilés
A
una propuesta de Jesusa Rodríguez, después de votarla a mano alzada, decenas
de miles de personas abandonaron el Zócalo anoche apenas concluyó la
ceremonia del Grito de los libres. Fue el final de una larga y tortuosa
jornada que empezó el viernes a las dos de la tarde, pero
tuvo momentos de alta tensión poco antes del amanecer del
sábado.
Siete
horas de negociación entre representantes de los gobiernos
federal y capitalino produjeron un acuerdo para poner fin a la guerra
de los equipos de sonido que había ensordecido a la multitud
desde las dos de la tarde. Sin embargo, el pacto fue roto pasadas
las nueve de la noche por la gente de Palacio Nacional, que subió al
máximo el volumen de sus poderosas bocinas para tratar de
sofocar las palabras que desde el templete ubicado ante el hotel
Majestic tachaban a Felipe Calderón de “espurio”, “pelele” y “ratero”.
Lo
convenido era que el Grito de los libres se desarrollaría
sin obstáculos de nueve a 10 de la noche, y que de 10 a 11
la plaza quedaría a disposición del gobierno federal,
culminando con el otro Grito, tras el cual ambos bandos ocuparían
el cielo con sus artificios de pirotecnia.
Pero
la historia viene de mucho más atrás. El Estado
Mayor Presidencial ocupó la cuarta parte del Zócalo
ante la fachada de Palacio Nacional desde el viernes de la semana
anterior. A lo largo de ocho días hubo un forcejeo permanente
entre los custodios de esa frontera y de los usuarios y expositores
de una feria artesanal organizada por la Secretaría de Cultura
del Distrito Federal, que ocupaba el resto de la plancha.
El
temor de los militantes de la Convención Nacional Democrática
(CND) era que la noche de anteayer viernes el EMP intentara adueñarse
de toda la Plaza Mayor, por lo que desde las dos de la tarde de ese
día aparecieron dos docenas de tiendas de campaña ante
las rejas de la absurda línea Maginot.
Durante
la noche los refuerzos se multiplicaron en la medida que la Policía
Federal Preventiva (PFP) y los soldados incrementaran su presencia
dentro y delante del palacio, todo ello mientras en una y otra
orilla de la plaza eran edificados los escenarios para las respectivas
ceremonias.
Duelo de bocinas
Para
el grito de Felipe Calderón, la firma OCESA trajo el
equipo de sonido considerado más potente de América
Latina, que colgó en impresionantes torres de bafles desde
las plumas de media docena de grúas. Las pruebas de audio
efectuadas el viernes por la noche barrían toda la superficie
del Zócalo y no le permitían a la gente ni siquiera
hablar.
Ante
esto, Marcelo Ebrard sacó la casta y mandó traer
dos equipos de sonido que en conjunto superaron por algunos cuantos
decibeles al de OCESA, cosa que irritó sobremanera al Estado
Mayor Presidencial.
Tanto
así, que el sábado a las cuatro de la mañana
contingentes de la PFP armados con escudos, toletes, cascos, rodilleras
y hombreras, como si fueran a una gesta en defensa de Ulises Ruiz,
rodearon súbitamente las torres de sonido del GDF, lo que
hizo salir de sus tiendas de campaña y sarapes a cerca de
mil 500 militantes de la CND que de inmediato se subieron al escenario
colocado ante el hotel Majestic y se dispusieron a defenderlo con
sus cuerpos, mientras mensajes de teléfono celular daban aviso
a los blogs de la Resistencia Civil Pacífica, que a su vez
comenzaron a emitir llamados a que toda la gente que pudiera se dirigiera
en ese momento al Zócalo “para defender la plaza, desde
adentro o desde afuera” como lo pidió, por ejemplo,
el del Sendero del Peje.
Entonces
la intervención de los granaderos de la policía
capitalina se desplegó a prudente distancia, lo que obligó a
los de la PFP a replegarse a Palacio Nacional poco después
de las cinco de la mañana. Pero entonces vino la contraofensiva.
Alrededor de las siete, como en un extraño juego de ajedrez,
el GDF adelantó seis grúas con sus respectivas torres
de bocinas hasta el centro de la plaza, alineadas a la izquierda
y a la derecha del astabandera y a pocos metros de las torres de
altavoces de OCESA, lo que produjo una imagen de batalla medieval,
sólo que en lugar de catapultas las armas apuntadas frente
a frente eran grúas con bocinas.
Tres
horas después, los de la PFP regresaron al Zócalo
y rodearon las grúas capitalinas, lo que revelaba profunda
indignación de los calderónicos que habían perdido
su ventaja tecnológica debido al movimiento estratégico
del adversario. Esto puso en alerta de nuevo a la CND, cuyos militantes
temieron que los del bando opuesto trataran de cortar los cables
o echaran a perder con cubetazos de agua los sistemas electrónicos
de las bocinas de vanguardia.
Pero
de nuevo la calma se restableció en breve, para dar
paso a lo que sería una verdadera tortura para miles y miles
de personas durante las horas siguientes, cuando ambos equipos de
sonido se enfrascaron en un duelo de músicas y discursos que
por momentos era sin duda alguna enloquecedor, pero como no podía
ser de otra manera, le deparó ganancias adicionales a Carlos
Slim, porque las farmacias de los Sanborns aledaños hicieron
su agosto en septiembre vendiendo tapones para los oídos.
En
ese contexto comenzó una negociación entre representantes
de los dos mariscales de campo, que se prolongó desde las
dos de la tarde hasta las ocho y media de la noche, cuando convinieron
que el Grito de los libres silenciaría las bocinas de Calderón
de nueve a diez de la noche.
Entonces,
en una jugada imprevista, Jesusa Rodríguez, Froylán
Yescas, Rafael Hernández, Ricardo Ruiz y los integrantes del “gabinete
legítimo” de Andrés Manuel López Obrador
ocuparon el escenario del GDF e iniciaron la ceremonia del Grito
de los libres, con consignas de apoyo a Andrés Manuel y lluvias
de epítetos negativos contra Calderón. Éste
demostró que no era capaz de aguantar que le gritaran “pelele”, “espurio” y “ratero”,
a lo que respondió mandando al escenario a una muchacha de
aspecto típicamente panista, con cara y voz de vinagrillo,
lo más parecido a Gabriela Cuevas, quien sirviéndose
de toda la potencia de las bocinas de OCESA disparó sobre
el Zócalo sus horripilantes notas canoras, con lo que la batalla
del ruido que se había verificado en la tarde se reanudó,
pero esta vez con el Zócalo repleto de poco menos de 100 mil
personas que quedaron atrapadas entre dos fuegos, la mayoría
de las cuales sin embargo se esforzaba por contrarrestar las vociferaciones
de la panista, coreando a todo pulmón el segundo apellido
de López Obrador, mientras Jesusa desde el templete del hotel
Majestic se desgañitaba recordando al público que Calderón
no había atraído al Zócalo a nadie que tuviera
ganas de apoyarlo, y que detrás de las vallas había
5 mil aspirantes a la Policía Federal Preventiva, a quienes
para hacer méritos el gobierno federal los citó en
el Zócalo desde las seis de la mañana.
En
punto de las 9:45 de la noche, tal como había quedado
establecido en el acuerdo que Calderón rompió, la senadora
Rosario Ibarra de Piedra, designada por la CND, pronunció la
arenga del Grito de los libres, y fue en ese único instante
cuando la esperpéntica música panista desde el otro
lado de la plaza desapareció.
“¡Vivan los héroes que iniciaron la lucha por
darnos patria y libertad!”, exclamó la vieja e invencible
luchadora regiomontana, antes de pedir vivas para Miguel Hidalgo,
Josefa Ortiz de Domínguez, José María Morelos,
Leona Vicario y, subrayadamente, “los presos y desaparecidos
políticos que dieron todo por la libertad de este país”,
palabras que cerraron de emoción la garganta de miles, pues
en ellas estaba implícito el recuerdo del joven guerrillero
Jesús Piedra Ibarra, secuestrado en 1975 por el gobierno de
Luis Echeverría.
Y
entonces, una vez que una débil campanita como de sacristía
sonó varias veces con timidez, el Grito de los libres llegó a
su fin, y Jesusa Rodríguez retomó el micrófono
para hacer las siguientes preguntas: “¿Nos vamos o
nos quedamos?”, tras lo cual argumentó la conveniencia
de que la multitud se retirara “para que se quede solo el pelele
y la banda de mafiosos que están en Palacio Nacional”.
Por notoria mayoría se aprobó la retirada que, a querer
o no, marca un hito en la historia de México, pues hasta donde
esta crónica recuerda, nunca había acontecido en un
15 de septiembre algo así.
Pero
lo más importante es que esas decenas de miles de seguidores
de López Obrador que aceptaron la oferta de la prudencia,
abandonaron el Zócalo lamentando en lo más profundo
del corazón que su propia grandeza política los obligara
a desperdiciar la ocasión de pronunciar una mentada de madre
masiva, con la que llevaban soñando sin duda largos meses.
Ahora, la próxima cita para la CND de nuevo en el Zócalo
será el 20 de noviembre y con la participación estelar
de quien al menos la mitad de los electores de este país considera
el verdadero presidente de México. |